Una historia de terror que seguramente os sonará

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En las elecciones norteamericanas, ha adquirido una importancia crucial localizar a los indecisos porque se gana y se pierde por escasos márgenes.

Voluntarios de la campaña de Romney - Foto: Tobyotter

Voluntarios de la campaña de Romney - Foto: Tobyotter

Por la idiosincrasia de los electores, es normal que alguien vaya a tu casa el día de las elecciones, que tú le recibas en tu cocina con toda naturalidad, y que esa persona te explique, con argumentos que te sientan como anillo al dedo, por qué fulano o mengano son tu candidato y deberías ir a votarle. Y nadie se asombra. Si el voluntario que fue a tu casa toca tu fibra sensible, te identifica como un partidario desencantado y te hace ver lo importante que es que votes para que los otros no ganen, es bastante probable que te levantes y acudas al colegio electoral. Es asimismo probable que el voluntario reciba un chorreo de tu parte, para que se lo comunique a sus jefes y tus quejas sean escuchadas. Iterado cinco millones de veces, este proceso tan encantadoramente americano puede conseguirte un millón de votos extra.

Acertar con estas actuaciones locales, identificar a tus votantes potenciales que se han quedado en casa, asignar un voluntario disponible que encaje con el votante, y dar al voluntario los mensajes específicos es un trabajo fino de análisis de lo que se llama “big data” y de algoritmos. Se trata, en suma, de trocear una poderosa inteligencia global en acciones locales y pequeñísimas.

En 2008, la candidatura de Obama se destacó, además de por el número de microdonaciones, por la movilización de voluntarios y la identificación de votantes remolones. Este año Romney tenía su arma secreta para batir a “narval”, el programa de inteligencia de Obama. Lo llamaron “orca”. Pero todo se torció.

Para mantener su ventaja competitiva, las características de Orca se mantuvieron en secreto hasta el mismo día de las elecciones. Nadie había visto el programa. El resultado fue un efecto demo brutal, y un montón de meteduras de pata elementales que un chaval de 12 años habría señalado de antemano. Pero el secretismo que alientan los héroes del software es enemigo del sentido común.

37.000 voluntarios, muchos de ellos septuagenarios, y 800 administradores iban a emplear el programa. La víspera, los usuarios recibieron un PDF de 60 páginas para imprimir. Eran las instrucciones, que se suponía debían memorizar. 60 páginas. Las charlas preliminares debieron ser demasiado técnicas o puro marketing, porque los usuarios no se enteraron del propósito real del programa y se perdieron con la tecnojerga. Al mantener en secreto la interfaz, los desarrolladores no tuvieron un feedback previo de sus usuarios con la suficiente amplitud.

En el siglo XXI, cualquier desarrollo moderno se publica como una beta, se itera a lo bestia, se dosifica la entrada de usuarios y nadie en su sano juicio sale de golpe con 40.000 usuarios en un día. El programa, cuya utilidad fue solo de unas pocas horas, no pudo recuperarse de este y otros desastres. Estuvo desarrollándose durante 7 meses, pero sus usuarios simplemente no pudieron interiorizar su forma de uso porque no lo vieron a tiempo.

Me encantaría discutir si Obama es el mal menor, y otras digresiones, pero este no es el sitio, me temo. Así que lo dejamos aquí, con una lista de enlaces fascinantes, donde se cuenta la historia con pelos y señales.

(Foto: Tobyotter, “Young men helping college students file absentee voter registration.” http://www.flickr.com/photos/78428166@N00/7759951876/in/photostream/)

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